El encogió los hombros y comenzó a lavarse la cara, sin tratar de buscar más explicaciones.
-¡Armando, cariño! ¿Te duele mucho?
Por un instante miró confuso a su novia, llegó a olvidar el maldito dolor. Ahora su preocupación era otra: ¿Cómo debía comportarse después de lo ocurrido entre ambos?
Pero, al recordar que a pesar de eso, ella vino de nuevo a su casa, trató de sonreír. Y otra punzada de dolor transformó su sonrisa en una mueca de sufrimiento.
Longina, comprensiva, se apartó del marco de la puerta, al que se había recostado, se acercó a Armando y cogiéndolo por un brazo hundió el rostro en su fuerte hombro. Él la atrajo hacia sí con el otro brazo y le devolvió la muda caricia, pasando la mejilla sana por el pelo de la amada...
...Rex celebraba su octavo cumpleaños. Una costumbre de su lejano planeta le daba derecho a hacer todo lo que quisiera, por un ciclo de lo que, según ellos, eran 9 días. Incluso podría pilotear la nave. Era su prueba de madurez, que de pasarla, significaría haber dejado atrás la infancia.
Primero anduvo por los corredores y cuartos cercanos a la sala de máquinas, accesible sólo a los robotes de la nave. Cuando se cansó de espiarlos por las mirillas y ventanales bioplásticos, subió al salón del observatorio astronómico.
Deseaba mirar de cerca a Luán, el planeta azul, Papá le había prometido ayer que lo visitarían como regalo de cumpleaños. Aunque después añadiera: “El planeta azul está habitado. Una de las especies que lo moran, parecidos a los Chuam, son más pequeños que nosotros, pero en inteligencia, casi se nos igualan.”
Rex volvió a sentir la misma curiosidad que al oír el relato del padre, quería conocer a los Luanes cuanto antes.
Y manipulando los aparatos ópticos, fue acercando paulatinamente la imagen del lejano planeta.



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