-Es que... eso parece tan irreal, que a veces dudo que haya sucedido. Pero, si lo deseas, te lo relataré. ¡Aunque todos deben saber sólo lo que le dijimos al médico!
-¡Está bien! Por cierto, me fue difícil hacerle creer que resbalaste cuando ibas a acostarte y te golpeaste contra la cabecera de tu cama. Tenías la ropa tan arrugada y enfangada, que es poco probable que él se lo haya creído... ¡Y si hubiera visto el desorden de la casa! ¿Qué hubieras dicho entonces?
- Por favor, Longina, no sigas, aquí las paredes pueden tener oídos. Espera a que salga del hospital y te lo contaré. Quizás pronto me den de alta, en cuanto desaparezca el chichón y pueda moverme.
Al cabo de una semana estaban sentados los dos en la sala de la casa de Armando. Él tenía aun la cabeza vendada, pero ya casi no sentía dolor.
-Longina, creo que ya es tiempo de que sepas la verdad sobre lo que me ocurrió.
-Pues sí, dime.
- ¿Recuerdas que aquella noche íbamos a salir al teatro, pero no lo hicimos porque nos peleamos?
- Sí, todo fue por mi vestido verde, como es mi preferido y el que mejor me queda, yo...
- ¡No! Tú sabes bien que el que te queda mejor es el rojo, además el verde es muy corto y escotado.
-¡Bueno! Dejemos de una vez esta tonta discusión y al grano.
- Como te decía, nos habíamos peleado. Yo, furioso, cerré la puerta de tu casa de un tirón y eché a correr en dirección al puerto...
Armando había menguado el paso y, aunque sentía que bullía por dentro de mortificación, la carrera lo había agotado. Llevaba varios minutos andando normalmente, pero su respiración todavía era agitada y ligeras punzadas en el pecho le indicaban que el corazón proseguía su alocado palpitar.



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